Óscar

Desde pequeño tuve una idílica y difícil relación con las bicicletas. Recuerdo que lo primero que pasó por mis manos que tuviera ruedas fue el típico triciclo para niños con pedales en la rueda delantera. Con ese triciclo hice mi primera aventura. Un día salí de casa, me lancé a toda velocidad por la cuesta más cercana y al llegar a la primera curva un coche me esquivó milagrosamente. La noticia llegó a mi familia que puso cartas en el asunto. No recuerdo cómo pero continué jugando con aquel triciclo que me habían prohibido hasta que un inesperado día el manillar se desprendió y quedó libre en mis manos. Ya no pude arreglarlo por mi mismo a pesar de mis intentos por conseguirlo. El tiempo pasó y si algo me gustaba eran las ruedas, aunque no tuve la oportunidad de volver a disfrutar de una bicicleta hasta un viaje a Asturias a casa de mis primos donde tenían una que no usaban. Nuevamente una cuesta sirvió de excusa para aprender a mantener el equilibrio. Pero yo no tenía bicicleta y de momento mi madre no podía comprarla. Eran tiempos difíciles y yo el único chico del barrio sin bicicleta. Sin embargo, el destino me iba a regalar una olvidada en un trastero. Aceptamos el regalo y volví a la misma cuesta una y otra vez hasta que finalmente me atropelló un coche. Once días en el hospital y numerosas cicatrices.

“Podías estar criando malvas” me decía mi abuelo. Yo no sabía qué significaba por aquel entonces, pero intuía que no era algo bueno.

Cuando me recuperé me di cuenta de que ya no podría volver a usar la bicicleta del accidente. Con el golpe el cuadro había doblado por la mitad. Y así se quedó, abandonada muy a mi pesar cogiendo telas de araña en un alto del bajo para que yo ni me acercara.

Tuve que esperar varios años para convencer a mi madre de que me comprara una. Más lejos de decir que no, aceptó y me compró una de Mountain Bike de color verde y gris que ponía Togano en el tubo central. Con ella empecé a salir de mi espacio vital, a conquistar otras partes del entorno. En cada salida con los amigos vivíamos una aventura.

La vida de la Togano fue corta. La presté y me la robaron. Fue la primera vez que me enfadé de verdad con alguien. Finalmente compré mi primera bicicleta por mi mismo; otra con la que hice mis primeras escapadas con mochila a la espalda para comer en la naturaleza y donde me entraron las ganas de llegar cada vez un poco más allá. Pero los días eran más cortos que las ganas de descubrir. Yo no pedaleaba para llegar más rápido ni para ser mejor que nadie, yo pedaleaba porque la vida era como una secuencia de una intrigante película en la que necesitaba saber que hay más allá de la siguiente colina. Pero llegaron los estudios -me habían inculcado que una prometedora carrera solucionaría todos mis problemas futuros – así que mis salidas se redujeron hasta que un verano un amigo y yo planificamos la Vía de la Plata. Trece días desde Sevilla a Santiago que cambiaron por completo mi manera de concebir el mundo. Se puede viajar en una bicicleta recorriendo largas distancias, disfrutando de la naturaleza y siendo casi libres. Esto habría que mejorarlo. Pero como las cosas no son fáciles me dediqué a los estudios universitarios que compaginaba con el fútbol, otra de mis pasiones. Acabé dos carreras relacionadas con la vida deportiva y conocí a Susana. Una nueva etapa comenzaba en mi vida cuando fui padre por primera vez. La primera palabra que le dije a la pequeña bolita envuelta en una mantita de hospital y un gorro de tela fue “Respeto”. Respeto por el mundo, la diversidad de culturas, por la diferencia de opiniones. Sabía que eso me debía demostrar el mundo, por eso debía viajar y mostrarselo a mis hijos como un valor de lo importante de la vida. Empezaron maratonianas horas de trabajo año tras año para mantenernos a flote, casi sin  tiempo para estar con la peque. Sin embargo no tardé en convencerme de que el tiempo se me iba sin haber cumplido mis sueños y por encima sin tiempo para estar con los míos. Algo había que cambiar y lo que descubrí es que quería conocer que había más allá de este círculo en el que había vivido durante treinta años. Sumé lo más importante de mi vida: mi familia y mis pasiones y descubrí que otras familias también lo habían hecho, leí sus libros y encontré mi propio medio para llevarlo a cabo: las reclinadas, esos vehículos extraños en los que vas tumbado y que me daban la sensación de poder llevarme a cualquier parte. Cuando hube ahorrado lo suficiente como para cumplir el sueño de comprarme la trike empezamos a hacer pequeños viajes en familia a los que Susana se apuntó sin pensarlo. Viajamos juntos siempre que pudimos en alocadas aventuras como recorrer Galicia entera en un solo día. Hicimos rutas por el camino de Santiago, Ámsterdam a París, la costa de Portugal y conforme crecían los kilómetros también creció el ansia de ser dueños del tiempo. Durante tres largos años preparamos el gran viaje, nació nuestro segundo hijo y nos enfrentamos a la realidad de escapar de lo rutinario. Finalmente cumplimos con la Vuelta a Europa en trike durante un año. ¿Y ahora qué? Ahora toca viajar.