PEDALEAR POR FRANCIA

 

PEDALEAR POR FRANCIA

Cuando estábamos en Roncesvalles la emoción nos desbordaba porque en breve íbamos a cruzar a Francia y pasaríamos más de un mes recorriendo sus paisajes. Pedalear por Francia iba a ser nuestro siguiente gran reto.

Desde el alto de los Pirineos la carretera bajaba en zig-zag con un desnivel brutal. Esa noche nos quedamos a dormir en el albergue de Valcarlos, justo antes de cruzar frontera.

Cuando partimos por la mañana el paisaje no tardó en cambiar, a ambos lados de la carretera empezamos a ver casas grandes con las contras de las ventanas abiertas de par en par y sus tejados rojo oscuro.

La primera noche en el país galo no sabíamos cómo sería. Había muchos campings pero preferimos probar a preguntarle a la gente si nos dejaba montar la tienda en su jardín. Y así fue, con mi francés aprendido en el colegio paramos en un pueblecito de carretera y un chico se nos acercó por si necesitábamos algo, era mi oportunidad y le pregunté si nos dejaba su jardín. No dudó en decirnos que sí. Era una familia encantadora, no hablaban nada de inglés por lo que tuvimos que apañarnos como pudimos con el francés y lo pasamos genial. Sacó unas cervezas e intercambiamos historias.

A partir de ese día decidimos preguntar para acampar a particulares pues era la forma más segura al no conocer el país.
Nos dirigimos hacia el noreste en dirección Mont-de-Marsan.
En Sauvaterre-de-Bearn comimos en la plaza central junto a la muralla que bordeaba el precioso pueblo. Estaban preparando una gran fiesta y las calles estaban llenas de turistas. Leí que había un albergue del Camino de Santiago de los que puedes dormir aportando un donativo pero casualmente estaba cerrado todo el mes de agosto. En la oficina de turismo nos aconsejaron lugares para acampar cerca del río pero de camino a la salida del pueblo, una señora se paró a felicitarnos por el viaje por lo que aproveché para preguntarle si tenía un jardín o sabía de algún lugar seguro. En seguida fue a buscar a su marido y nos acompañó unos tres kilómetros en bicicleta hasta una finca suya donde nos invitó a montar la tienda y pasar allí los días que quisiéramos. La rodeaba un riachuelo y tenía un refugio de madera con una mesita y sillas. La finca estaba llena de cientos de ranitas muy pequeñitas con las que jugaron Lucía y Darío. Al lado había una casa donde vivían los amigos de esta pareja tan entrañable donde fuimos a pedirles agua y charlamos un buen rato. 

Al día siguiente nos tuvimos que ir, no teníamos ni comida suficiente ni gasolina para el hornillo para pasar otro día.

Por L-hôpital d’Orion pasaba también el camino de Santiago por lo que decidimos ir allí. Tenían dos locales para alojar a peregrinos pero cerrados y tras preguntarle a un par de vecinos decidimos plantar la tienda detrás de uno de ellos. Esa noche hubo una gran tormenta y llovió muchísimo aunque por suerte no nos tocó ya que teníamos la tienda a resguardo en el patio del local del pueblo.

 

El camino hacia Orthez fue algo durillo, muchas subidas y lluvia fina de vez en cuando. Al llegar a la preciosa Orthez decidimos ir de nuevo a la oficina de turismo a que nos recomendase un hostal barato. Cuando llegamos al hostal no nos creíamos que fuese tal por su aspecto descuidado, así que buscamos otra alternativa primero en un camping y después en otro hotel donde nos pedían demasiado para pasar una noche. Regresamos al primero y esperamos al dueño. Abría a partir de las 5 de la tarde lo que nos extrañaba un poco. 

Entramos y parecía más una casa vieja que un hotel. Nos enseñó nuestra habitación con dos camas enormes, el suelo de madera enmoquetada, las paredes pintadas de rosa y el baño de los años 30 pero muy limpio. Tenía WIFI, algo muy importante para nosotros y aprovechamos para videollamar a la familia y amigos.

Al día siguiente avanzamos por una carretera que subía y bajaba todo el tiempo pegada a campos de girasoles que aprovechamos para mostrar a los niños para sacarles las pipas. Ese día comimos en la mesa de una terraza de un bar que estaba cerrado, no había ningún lugar mejor. Los horarios en Francia no son como en España, de 12 de la mañana a 2 de la tarde cierra todo porque se van a comer y algunos comercios vuelven a abrir por la tarde hasta las 5 o 6. Cuando ya estábamos recogiendo, una pareja joven que viajaba en una furgoneta Wolkswagen de los 70 se acercó a preguntarnos por nuestro viaje. Les contamos nuestra ruta y al instante nos ofrecieron su casa para cuando pasáramos por Niza.

Por esa zona del país no había apenas warmshowers pero por suerte conseguí uno en Hagetmau en el momento justo que necesitábamos una lavadora y cargar las baterías. Pero antes paramos en un pueblo para pasar la noche y tras preguntarle a una señora mayor y sus dos hijas gemelas, enseguida nos llevaron nada más y nada menos que a la plaza de toros del pueblo para que montásemos la tienda. En principio nos pareció una idea loca, pero después aceptamos así le daríamos un buen uso por primera vez.

Al llegar a Hagetmau al mediodía, después de comer, tuvimos que hacer tiempo mientras no llegaba nuestro anfitrión. Delante de la oficina de turismo nos conectamos y también me fui a charlar con la mujer que trabajaba en ella quien no dudó en sacarnos unas fotos para publicar en la cuenta de Facebook de la oficina de turismo de la zona. Gilles, que así se llamaba nuestro primer warmshower francés, vivía en el único edificio que se mantuvo en pie tras ser bombardeado  durante la segunda guerra mundial por los alemanes. Nos parecía increíble la historia, en la plaza del centro histórico junto la Iglesia había un gran monumento a los caídos por la guerra. 

Gilles nos recomendó cambiar de ruta e ir un poco más hacia el norte para pedalear por la zona más plana y poder coger el Canal de Garona y después el Canal du Midi. Además veríamos unos pueblos muy bonitos. Él había recorrido prácticamente todo el país en bicicleta y lo conocía muy bien así que nos dirigimos hacia Mont de Marsan donde en sus afueras había un lago con playa y supuestamente zona de acampada. El paisaje era plano y pedaleábamos de maravilla salvo algunos tramos sin arcén y muchos camiones que nos obligaron a desviarnos a carreteras secundarias. Ese día debíamos estar a más de 34°C y el agua del lago estaba demasiado caliente como para meterse.

 

Era una zona con bosque y merendero al lado del lago con playa. Estaba lleno hasta la bandera. Mientras jugábamos en la arena vimos que dos hombres uniformados estaban junto nuestras bicis por lo que fuimos allí y resultó que no se podía tener bicicletas aparcadas delante de la playa, solamente en la zona de los árboles y que no las dejásemos solas que nos podían robar. Recogimos todo y preguntamos dónde acampar y desafortunadamente no era cierto que se podía acampar allí. 

Llamamos a Gilles y nos dijo que probásemos en la vía verde de Mont de Marsan así que allá fuimos.

 Preguntamos a más gente pero nada. Vimos que en medio de la ciudad había algo llamado «Aire Camping-car» y fuimos allí deprisa pues no nos quedaba mucho tiempo. En Francia la gente a las 7 de la tarde ya no sale a la calle pues es la hora de cenar para ellos. Al llegar descubrimos que solamente podían pasar autocaravanas y no tiendas de campaña. Los Aire Camping-Car son unas zonas cerradas como si fuesen campings donde sólo pueden pasar la noche las autocaravanas, no tienen baños y a veces solamente hay un grifo para coger agua y no hay nadie en la recepción. Se paga en un cajero con la tarjeta de crédito marcando el tiempo que vas a pasar allí. En éste había zona de hierba y preguntamos a la gente que estaba dentro si habría algún problema por montar esa noche y nos dijeron que no, así que entramos y montamos. De repente un ruido ensordecedor silenció todo. Eran cuatro aviones del ejército que se iban hacia Siria. Nos dimos cuenta de que estábamos al lado de la base militar más importante del país. Esa noche intentamos explicarle a Lucía todas sus dudas acerca de los aviones de guerra.

Salimos pronto por la mañana hacia la vía verde, fue una maravilla pedalear por ella. Ese día hacía mucho calor y lo pasamos en grande mojándonos debajo de los grandes aspersores que había por allí. Antes de llegar a Labastide d’Armagnac pasaron cuatro coches de Policía y varios camiones militares que justo en la entrada del pueblo estaban parados haciendo un control. Nos acojonaron bastante…

Labastide d’Armagnac era un pueblo salido de un cuento, sus calles estaban empedradas como antaño y la plaza del pueblo estaba rodeada por unas casitas preciosas de piedra con soportales que hacían aquel lugar especial. En la oficina de turismo me dijeron que había un vecino que tenía un gran terreno pero no sabían si estaba en su casa. Preguntamos a unos turistas curiosos que estaban a nuestro lado si nos podían ayudar a encontrar un lugar donde dormir con la tienda. Y entonces empezó a acercarse gente para ver qué podían hacer para ayudarnos. Después de explicarlo en francés, vemos que viene corriendo la mujer de la oficina de turismo a decirnos que el hombre del que me habló si nos deja su terreno y que además habla algo de español. Nos sentimos tan agradecidos con toda esa gente que sólo nos salía decir gracias y gracias.

Detrás de una callejuela al lado de la iglesia estaba su finca. Cerrada con un muro de piedra y árboles, tenía un granero de madera con un jardín cuidado al detalle. Nos explicó que es el lugar de descanso suyo y de su mujer y que sólo nos pedía regarle las plantas y árboles antes de anochecer. Colgamos la manguera de la rama de un árbol y nos dimos una ducha los cuatro.

 

Trazamos una ruta hacia Agen, allí empezaba el Canal de Garona y teníamos otro warmshowers esperándonos. Qué ganas teníamos de ir por el canal ya.

Ese día pedaleamos casi 50 kilómetros sin mucho esfuerzo, a una velocidad de 15 a 18 kilómetros por hora. Teníamos ganas de llegar a casa de nuestro segundo warmshower en suelo francés.

 

Max y Martine eran una adorable pareja que disfrutaba la vida ayudando a todo el que lo necesitase. Martine hablaba muy bien español y juntos charlamos sobre lo mágico que es viajar. Nos llevaron a conocer Agen, una preciosa ciudad por donde pasa el canal de Garona debajo de un puente que lleva otro canal. ¡Era de locos! Lucía no paraba de reirse intentando explicarse a sí misma que un río pasase por encima de otro.

Charlando sobre las anécdotas que nos iban pasando les contamos lo curioso que nos pasó la noche anterior.

 

Llegáramos a un pueblo que se llamaba Sos y me fui a preguntarle a un señor dónde podíamos dormir con la tienda. Él me llevó a junto la señora que trabajaba en un pequeño supermercado pero tampoco supo cómo ayudarnos, nos aconsejaron salir del pueblo y buscar por el bosque. Hemos de decir que los bosques franceses son casi en su totalidad bosques de pinos y robles, son magníficos. Hicimos caso y salimos del pueblo hasta que un ciclista me paró a preguntar si necesitábamos algo y le conté que buscábamos dónde acampar. Éste paró a otro ciclista y tras hablar entre ellos y llamar por teléfono nos dice que estamos invitados a su casa a 6 kilómetros. ¡Qué felicidad! Su casa estaba en medio del bosque en medio de la nada a orillas de un lago precioso. Laurent y Mónica nos invitaron a cenar unas pizzas. Él era médico y hacía pocos meses fuera de expedición al Polo Norte. Eso le cambió su visión de la vida; algún día recorrería el mundo viajando en bicicleta.

 

La anécdota es que Laurent es el médico de Max y Martine y no se podían creer que fuese el mismo Laurent que ellos conocen,la tremenda coincidencia. Le llamamos por teléfono y nos alegramos todos de la genial coincidencia.

Al día siguiente nos acompañaron hasta el Canal de Garona para continuar nuestro viaje.

Teníamos otro warmshowers a 40 kilómetros con una familia. Cuando nos ponemos a buscar warmshowers, elegimos familias con niños ya que para Lucía y Darío es estupendo poder jugar con más niños y compartir de esta manera. Nunca habían viajado en bici ni tenían pensado hacerlo pero sí querían ayudar a cicloviajeros y compartir experiencias.

Al día siguiente llegamos a Montech y al preguntar en una casa para dormir nos dijeron que si sin dudarlo, aquí vivimos un momento muy especial. Ella sabía un poco de español ya que sus padres eran españoles y su abuela también. Huyeron de la Guerra Civil española como muchas familias a Francia y tras pasar mucho tiempo en campos de concentración, ella perdió a su familia y no volvió a hablar español hasta que aparecimos nosotros. Nos emocionó tanto que no teníamos palabras. 

 

El Canal es perfecto para pedalear. Hay cientos de barcos casa y muchos otros cruzando cada esclusa, grandes y pequeños. Aprendimos perfectamente cómo funcionan las esclusas algo que les fascinaba a los niños. Darío aprendió también a pedalear en su Weehoo. Eso es una gran ayuda para transportar 150 kilos por Francia. Además hay zonas de descanso y pequeños jardines donde podíamos parar a hacer la comida y descansar.

 

En Toulouse nos esperaba otra familia. Acababan de llegar de su viaje en bicicleta con dos niños de 5 y 2 años por Sudamérica. Hablaban perfectamente español y su hija Casandra de 5 años pudo aprenderlo también gracias a ese viaje. Lucía estaba encantada, ella le enseñaba español y Casandra le enseñaba francés. Coincidimos en muchas cosas las dos familias, con hijos de las mismas edades y viajando parecido, fue una noche genial. 

Al día siguiente la rueda de Lucía empezó a desgastarse demasiado rápido, a media tarde ya tenía el cuero a la vista. Le pusimos un apaño, de esos que se leen en blogs de Internet, que funcionó hasta la mañana siguiente. No teníamos una tienda de bicicletas en muchos kilómetros y dudábamos que pudiese llegar. A unos 6km de la tienda de bicis volvió a explotar la rueda y hubo que hacerle otro súper apaño hasta llegar. ¡Y funcionó!

 

Con la rueda nueva por fin llegamos a Carcasona. Otra familia viajera con tres hijas nos esperaba. Hacía mucho calor ese día y parecía que no llegábamos a nuestro destino hasta que en una curva Óscar y Lucía se cayeron de lado debido a que el asiento de Óscar se soltó del cuadro de la trike.

 No les pasó nada y la suerte de estar en una calle llena de talleres y ferreterías pudimos comprar las piezas que rompieron y pudimos continuar. Por fin llegamos a casa de nuestros anfitriones para descansar, refrescarse y charlar tranquilamente. Los niños jugaban en la piscina y a carreras, lo pasaron genial.Fuimos a visitar la Citè Medieval de Carcasona, un castillo enorme rodeado de una muralla altísima de la Edad Media que es digno de visitar. Sin duda una visita obligada.

El Canal du Midi es muy famoso para pedalear pero en buena parte del trayecto no podíamos avanzar ya que dejaba de estar asfaltado y era solamente un sendero estrecho de tierra y raíces que me hicieron romper un par de radios más de mi rueda trasera.

 

Estábamos tan emocionados por llegar a la costa que avanzamos kilómetros sin esfuerzo, la carretera era llana y sin mucho tráfico. Los niños nos animaban a llegar para bañarnos en la playa por fin.

Cuando por fin llegamos al mar, Lucía entendió y vio con sus propios ojos cómo desemboca un río. Darío estaba tan emocionado que no paraba de cantar.Fue un momento tan mágico y reconfortante para todos después de dos meses pedaleando por Francia que llegar a la Costa Azul se postulaba como la merecida recompensa.

 

Pasamos el día en la playa, jugando y bañándonos. A las 5 nos fuimos a buscar dónde dormir. La zona estaba llena de decenas de campings pero con unos precios desorbitados por lo que seguimos hacia adelante hasta que en medio de la zona más turística sucede lo peor, la barra que sujeta la Weehoo de Lucía se parte parte por la mitad dejando el remolque sin sujección. Estábamos en medio de hoteles, jardines y chiringuitos de playa y no había en muchos kilómetros nada donde poder solucionar el grave problema. Sacamos de mi barra un tubo (llevaba doble uno dentro de otro) y se lo pusimos para poder enganchar de nuevo el remolque. Pero era demasiado frágil para soportar el peso de ella. Hubo que parar de nuevo y volver a montar. El tiempo corría y nosotros en medio de ese lugar sin poder solucionar nada. Decidimos ir al camping más cercano para pasar la noche y buscar cómo arreglar este problema. Lucía pedaleaba mi trike y yo le ayudaba empujando mientras que Darío iba en el regazo de Óscar pedaleando. En el camping pedían un precio demasiado alto, propio de una zona turística importante. Con un mapa de campings nos dirigimos a otro más barato.

El camino nos llevaba todo el tiempo cuesta arriba. Aún no la teníamos todas con nosotros. Al llegar nos dicen que es imposible acampar porque sólo es para autocaravanas. A la mujer le dio igual que viajásemos con niños y se estuviese haciendo de noche. En las zonas de mucho turismo es como la selva. Si tienes un problema paga o desaparece.

Tuvimos que pedalear bastante hasta llegar a otro ya de noche. Estaba vigilado por un joven. Le explicamos todo lo que nos estaba pasando, pero nos negó el paso. Decía que ya pasaba de la hora. Eran las nueve y tres minutos. Por solo tres minutos nos iban a dejar fuera de nuevo. Con esta situación entre manos dijimos que plantábamos allí mismo la tienda de campaña. Accedieron finalmente. 

A la mañana siguiente yo cumplía 28 años y estaba bastante triste de ver cómo se torcía todo en un día especial. Cuando planeamos el viaje hice la apuesta de que lo íbamos a celebrar en el Mediterráneo.

Óscar esa mañana fue a comprar dos barras de acero para enganchar los remolques y continuamos nuestra andadura por la costa.

La zona era preciosa, las playas, la brisa del mar y carriles bici pegados a la arena. Volví a probar suerte llamando a un warmshower en Sète al que escribí primero sin respuesta y de segunda contestó que estaba disponible. Estábamos felices, teníamos un buen lugar para dormir el día de mi cumpleaños.

Nuestro anfitrión se llamaba Yoan y regentaba una tienda de ropa y complementos playeros a la vez que una churrería. Nos dejó pasar la noche en un apartamento con vistas. Nos contó que en esa zona de las playas y del mar se metía hacia una especie de lago donde pasaban el verano los flamencos. Además él estaba preparando también un viaje en bicicleta por el río Danubio y prometimos vernos allí.

 

Al día siguiente vimos los flamencos y Lucía no podía estar más feliz.

 

En Montpellier nos esperaba otra familia  viajera.

A estas alturas Lucía ya comprendía bastante francés y podía jugar y comunicarse bien con los niños con los que jugaba. Le explicamos el viaje que hicieron esta familia, cruzaron Europa hasta Asia y atravesaron Rusia en el transiveriano todo esto durante un año entero con sus tres hijos de 12, 10 y 6 años. 

 

Fue un encuentro magnífico, nos contaron sus viajes, cada año hacían uno. Y para el próximo se van a dar la vuelta al mundo en bicicleta.

Nos emociona mucho ver cuántas familias se atreven a disfrutar de un viaje así, en España hay muy pocas y en Francia parece que se atreven más a dejarse llevar por la aventura.

La costa Azul es un lugar excelente para las vacaciones, todo está pensado para el turista. Hay ciudades enteras llenas de hoteles y apartamentos para las vacaciones. Pero también hay villas con mucha historia como la de Aigues-morts con una muralla preciosa rodeando al pueblo.

Volvimos a coger otro Canal que recorre el Eurovelo 8, nos cruzamos con carios viajeros e incluso tres trikes. Estábamos ya en el interior y era una zona llena de viñedos. En unos caseríos pedimos para pasar la noche y nos abrieron la piscina municipal para poder acampar. Ese día nos comieron los mosquitos. Oscar y yo teníamos el cuerpo lleno de picaduras, una familia nos dejó un spray antimosquitos que fue nuestra salvación. Pero de noche hubo una fiesta enorme al lado del caserío y no nos dejó dormir hasta las 5 de la mañana.

 

Al día siguiente, en Arles un señor muy simpático nos ofreció su ayuda para salir de la ciudad pues estaba en el día grande de las fiestas y había varias calles cortadas. 

Nuestra ruta en el interior nos llevó hacia Miramas donde vimos una de las zonas militares más grandes que tiene el ejército francés, allí guardan todo el material, no os podéis imaginar lo grande que era. Esa noche pudimos dormir en casa de una familia italofrancesa muy divertida. Katia era italiana y Olivier francés y formaban una pareja muy especial. Sus hijos Elisabet y Cristian y Lucía y Darío jugaron hasta que se hizo de noche! Juntos cenamos pasta a la italiana y Katia nos aconsejó cómo se debe comer.

 

Nos esperaba Marsella, la gran ciudad.

Estuvimos escribiendo a varios warmshowers durante días pero no conseguimos nada positivo. Fuimos bordeando un lado hasta llegar a las afueras de Marsella. Es tan grande las afueras de la ciudad que se une con otras ciudades más pequeñas. Pasaba el día y no teníamos ningún lugar para dormir. Todos nos decían que no y se les notaba muy reservados, para nada vimos ese cariño que nos dieron hasta ahora.

Estábamos extrañados pero seguíamos buscando. No teníamos ningún camping cerca y los hoteles estaban muy lejos y demasiado caros. Hablamos con un señor que era medio español y nos dijo que era difícil que nos abrieran las puertas y que probásemos en los bomberos o la Policía. Aquí vimos una posibilidad, los viajeros a veces piden para pasar la noche en los parques de bomberos o en ayuntamientos así que allá fuimos pero en la Policía nos negaron ayuda y nos ofrecieron ir a los hoteles de Marsella.

Yo ya estaba desesperada, nos resignamos y decidimos ir a esos hoteles que quedaban a unos 10 km en subida que nos iba a llevar más de una hora y estaba anocheciendo.

Hasta que al salir de la Policía, Óscar me dice que le pregunte por última vez a una mujer que caminaba con dos niños y resignada probé suerte. Al principio ella se mostró desconfiada pero en pocos segundos nos dijo sí con una sonrisa enorme. No pudimos alegrarnos más.

Sus hijos nos invitaban a entrar en su casa, no lo podíamos creer, en el último momento y lo conseguimos.

Muriel, que así se llama la mamá, habla algo de español y nos fue fácil poder explicar nuestra aventura. Ella, su marido Didier y sus tres hijos nos abrieron las puertas de su casa como si fuésemos alguien más de la familia. Nos advertían que se avecinaba tormenta así que nos invitaron a dormir en su sofá cama.

La abracé mil veces y ella a mí. Sentimos una unión muy especial que iba a durar para siempre.

Nos dio consejos sobre la ciudad de Marsella y nos invitó a descansar en su casa hasta que pasase la tormenta. Aceptamos y éstos fueron los tres días más bonitos compartiendo con ellos. Su hijo mayor Matías estudiaba español en el colegio y sus dos hijos pequeños Maxime y Marthial intentaban aprender español con nosotros para poder jugar con Luci y Darío.

Óscar fue a jugar un partido de fútbol con Didier y sus amigos y yo me quedé con Muriel hablando del viaje. Un día prepararon ellos la cena y al otro nosotros. Fue muy bonito compartir.

 

Nos llevaron a visitar Marsella y desde el alto de la catedral pudimos ver anochecer sobre el mar Mediterráneo.

 

Gracias a su ayuda nos decidimos cambiar de ruta y volver a meternos hacia el interior otra vez. Llamó a un par de amigas que se ofrecieron a dejarnos acampar en sus jardines cuando pasásemos.

La despedida de Muriel fue muy emotiva, lloramos y nos abrazamos mucho. Y sí, prometimos volver a vernos de nuevo.

Nos dirigimos hacia Brignoles y después Frèjus entre montañas.
Antes de Brignoles, en Saint Maximin nos esperaba otra familia. Vivían en medio del bosque en una casa preciosa con un jardín muy grande con cabaña. Margiorie y sus tres hijos, Julliette, Charlie y Elliot nos hicieron pasar dos días maravillosos jugando sin parar y compartiendo risas y momentos inolvidables.

 

En Frèjus otra familia cicloviajera nos esperaba, Claude, Cecile y los pequeños Rafael y Julian habían hecho un viaje al rededor de Suiza y estaban preparando el próximo para dentro de dos años cuando su tercer hijo que viene en camino crezca un poco. Hablamos durante horas sobre cómo viajar y qué cosas son mejores o peores.

Vamos a Niza, no sin antes pasar por Cannes. Qué zona más bonita hemos pasado, la Cornice d’Or bordea los acantilados al borde del mar con unas montañas rojizas preciosas. A mediodía se cerró el cielo y comenzó una gran tormenta. En Antibes nos esperaba un buen amigo que conocimos en Madrid en el Reclimad que organiza cada año Okocicle , nuestra tienda de confianza de trikes, donde se reunen cada año todos los reclinados de España. Jean Ferraton vivió muchos años en Barcelona y ahora había vuelto a su antiguo trabajo. Fue genial encontrarnos.

 Nos quedó pena de no sacarnos una foto juntos pero nos queda el recuerdo de haber compartido un día con él.

 

Ahora que vamos de camino a Niza tenemos que decidir qué rumbo tomaremos. Italia nos espera.

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