VIAJAR POR ITALIA


Habíamos llegado a Italia y estábamos muy nerviosos. Nada más bajar del barco nos pusimos a preguntar para poder pasar la noche pues en una ciudad es muy complicado conseguir alojamiento gratis.

Dimos mil vueltas buscando los bomberos y creyendo que nos iban a dejar pasar perdimos toda la tarde hasta que un hombre nos dijo que en un bar podríamos acampar ya que en la parte de atrás tenían un jardín cerrado. Y allí fuimos a toda velocidad, teníamos el tiempo en contra y el idioma también. Tres hombres parecían mandar allí y no tenían claro qué hacer si decir que sí o que no. Insistimos bastante pues era nuestra única oportunidad y la noche estaba ya encima. Finalmente aceptaron tras varias llamadas y negociaciones. En cuanto tuvimos el sí quedamos enseguida aliviados pero con una extraña sensación, ¿sería Italia tan acogedora como Francia? Esa misma noche había un cumpleaños, el hijo del dueño de ese bar y local social cumplía 40 años y lo iban a celebrar por todo lo alto. Estábamos invitados. Yo me empecé a sentir extraña porque notaba que no se dirigían a mí para hablar y sin embargo con Óscar si. No me sentí nada cómoda allí esa noche y decidimos dejar la fiesta e irnos a la tienda pues a las seis y media de la mañana tendríamos que estar fuera. 

A la mañana siguiente teníamos un montón de extrañas sensaciones, un nuevo país que descubrir, un nuevo idioma y una cultura que pensamos sería semejante a la nuestra. Teníamos Pisa a poco más de 30km y no dudamos. Desde el primer momento vimos que el tráfico era peligroso, casi nadie respetaba adelantarnos con la distancia de seguridad y las carreteras estaban llenas de enormes baches.

 


Estábamos muy contentos de llegar a Pisa, Óscar había estado hacía años con su colegio y yo era la primera vez que la pisaba. Lucía había estado leyendo y viendo fotos sobre la famosa torre inclinada. Cuando llegamos nos dejó prendados. Lucía se sentó a observarla en silencio unos 10 minutos, yo a su lado igual aunque nos hacía también mucha gracia el ver a todo el mundo con las manos en alto simulando sujetar la torre para hacerse esa foto que todo el mundo hace allí. Allí una pareja de turistas franceses se nos acercó a ofrecernos su casa para cuando vayamos a Bayona y aceptamos encantados. Fuimos a conocer más la ciudad y nos encantó, sus calles estrechas empedradas, las fachadas de los edificios, se respiraba un ambiente mágico. 

Comimos en un parque a la sombra aprovechando el wifi de un bar para poder buscar warmshowers. Vimos que había una mujer a unos 30 km de allí. Miramos la carretera en el mapa y después de hablar con ella decidimos arriesgar e ir. Teníamos el tiempo en contra, se hace de noche muy rápido y a nuestro ritmo eran muchos kilómetros. Nos costó llegar, gracias a que un señor que paseaba en bici nos quiso acompañar para llegar antes, sino fuera por él no se si la encontraríamos. Llegamos de noche, ya a la hora de la cena. Nos duchamos corriendo y cenamos un poco de leche caliente después de que nuestra anfitriona no dijera que a las 7 de la mañana tendríamos que salir ya que se iba a trabajar. Nos dijo que tenía una amiga en una ciudad costera más al sur que también era warmshowers, qué les hablaría de nosotros y nos dio su número. ¡Genial! 

Apenas hay warmshowers en Italia lo que nos fastidia bastante. En Francia cada dos días contactábamos con una familia viajera. En Italia veíamos que era complicado, además la mayoría tenían medio abandonados sus perfiles de la red de cicloturismo. Volvimos a trazar la ruta, decidimos dirigirnos hacia la costa pero antes debíamos atravesar una parte de la Toscana con sus lomas interminables hasta llegar a Cecina ya en la costa. El paisaje era precioso pero la carretera fue dura, los coches van a gran velocidad y no respetan al adelantarnos. Grandes baches que dificultan mucho pedalear y subidas bastante considerables. Cuando llegamos a lo más alto decidimos empezar a buscar dónde plantar la tienda.

Familia Supertramp



Era nuestro ritual, al terminar de comer miramos el mapa y vemos por qué zona podríamos dormir. El terreno era imposible para acampar libre, era todo fincas empinadas así que en un pueblo bastante grande empezamos a preguntar. Algunos nos mandaban a un hotel a 30km, otros nos decían que allá adelante habrá alguien que nos ayude y otros simplemente nos decían no. Yo me empezaba a frustrar, ¿cómo se lo explico? ¿Igual no nos entienden bien? Seguimos preguntando y las posibilidades se agotan pues se acaban las casas con terrenos llanos hasta que en un portal le pregunto a un señor en moto si nos puede ayudar y enseguida nos abren el portal tres personas con una sonrisa enorme invitándonos a su casa. ¡Qué alegría se siente al encontrar gente así! Les explicamos nuestro viaje y que solamente queremos plantar la tienda en su jardín para irnos por la mañana. Nos traen una mesa con sillas y un foco de luz además de ofrecernos el baño y cualquier cosa que necesitemos. A los niños les traen galletas de chocolate y juguetes. Esa tarde me picaron cientos de mosquitos, me di cuenta de que tenían especial interés en mi sangre y no en la de nadie más.
Era una familia increíble, dos hermanas que cuidaban a turnos a su anciana madre y además Mauro el marido de una de ellas guardaba en su garaje bicicletas, motos y coches antiguas de incalculable valor, emocional sobre todo. Nos invitaron a desayunar y después de cambiarnos los teléfonos y hacernos las fotos de despedida partimos hacia la costa. 

Esta vez era todo cuesta abajo prácticamente. Era una mañana soleada perfecta, ni calor ni frío y la carretera apenas sin coches. Llegamos a la costa por fin. Cecina (se pronuncia Chéchina) era una villa turística de veraneo y que al estar acabada la época estival se encontraba prácticamente cerrada a pie de playa. Teníamos un dilema, avanzar adentrándonos en un bosque o probar suerte con la gente del lugar. La mejor idea fue quedarnos pero todas las casas estaban cerradas y en las que sí había gente nos negaban la ayuda hasta que en una calle sin salida una pareja mayor nos saluda con cariño y les pregunamos si nos pueden ayudar para montar la tienda y sin dudarlo nos dejaron acampar en el parking privado de detrás de la casa. A mí me seguían picando cientos de mosquitos, eran diferentes a los que conocía, eran blancos y negros, casi no hacían ruido y no te enterabas de cuando picaban. Esa noche tuve una reacción alérgica tremenda a causa de esto. 

Empezamos a analizar nuestra nueva situación. Nos costaba mucho conseguir un lugar seguro para dormir. Teníamos que pensar cómo solucionar este problema ya que de primeras la gente nos respondía con rechazo incluso después de haber estado hablando tranquilamente. Se acercaban un par de días tormentosos y decidimos parar en un camping ya que si arriesgamos a avanzar lloviendo era probable no tener un lugar donde dormir ni mucho menos una ducha caliente. El camping cerraba al día siguiente y tras insistir en que nos rebajara el precio que era abusivo aceptamos pasar la noche allí. Dormíamos al lado de la playa pero seguíamos rodeados de mosquitos. Las duchas eran de pago y no había agua caliente así que montamos nuestro nido y esperamos a que pasasen las horas jugando, leyendo, dibujando y durmiendo. En cuanto empezó la tormenta vimos que empezó también a entrar agua dentro de la tienda. Estábamos tan enfadados que apenas dormimos. Fue una tienda de campaña en la que gastamos el dinero creyendo que era de muy buena calidad y resultó no ser así ni por asomo. Llovía dentro mucho además de que las varillas cada vez rompían más y más. Sabíamos que deberíamos comprar otra y esto nos enfadaba mucho. Esa noche tuvimos que ponerle unos plásticos que había en unas caravanas para que no nos lloviese dentro.

Continuamos subiendo una pequeña montaña con unos 400 metros de desnivel. La carretera era una subida de tres carriles con curvas bastante cerradas por las que subían y bajaban a gran velocidad. Las cunetas, cada pocos kilómetros, tenían pequeños altares de gente que perdió la vida allí. Esto iba a ser algo que veríamos muy a menudo. Tras volver otra vez a la llanura de la costa vimos que los pueblitos y villas se diferenciaban en casi dos estilos. En la costa la zona de veraneo, cerrada a cal y canto desde septiembre y la otra a pocos kilómetros hacia el interior era la zona rural y tranquila auque a veces esto cambiaba de manera extraña. Nos metimos al interior para buscar dónde dormir y, tras preguntar mucho, unas señoras nos invitaron a pasar a una finca de allí que llevaba años en venta y nadie parecía interesarse por ella. Aceptamos, el lugar era estupendo, un pinar precioso al lado de una casa abandonada que con unos pocos arreglos sería un lugar genial. Vimos que la gente de primeras nos rechazaba, el miedo y la desconfianza era lo que les impedía tan siquiera escucharnos pero debíamos insistir una y otra vez hasta encontrar el lugar y persona adecuados. En Italia está prohibida la acampada libre y no queríamos bajo ningún concepto meternos en líos. Había que insistir, esa era la clave. 

Poco a poco nos fuimos sintiendo cómodos con el idioma. Es muy parecido al gallego, mucho más que al español y cada día íbamos sumando frases y palabras para poder expresarnos mejor. Eses días después la ruta se nos complicaba. Para poder continuar sólo podíamos avanzar por lo que llaman la «Superestrada» o autovía. No habría una carretera secundaria paralela a ésta por la que poder ir en bicicleta. Nos extrañaba muchísimo y nos tenía atrapados. Vimos que sí podían ir bicicletas por esa superestrada pero asumiendo el riesgo que eso conlleva. Son carreteras de cuatro carriles, separadas por una mediana de cemento y a los lados un minúsculo arcén. Por esta carretera van mínimo a 120km/h y ya sabemos cómo respetan a los ciclistas en este país. Tuvimos que coger un tramo de unos diez kilómetros, fuimos pedaleando a casi 20km/h con mil ojos por todas partes. Pusimos las banderas en el lateral de la bici con el reflectante que recuerda adelantar con la distancia de seguridad y fuimos bastante bien. Para poder salir y entrar de esta carretera Óscar tuvo que diseñar una serie de caminos para poder avanzar. Esto nos llevó al medio de una fábrica enorme abandonada de la que no pudimos salir. Al final de la fábrica había un muro con un portal enorme encadenado. ¡Nos reímos muchísimo al vernos así! Desmontamos todas las alforjas, los remolques y subimos todo al muro de unos dos metros de altura y cruzamos todo al otro lado. Cuando pasamos y volvimos a montar no paramos de reirnos los cuatro. Fuimos a celebrarlo comprando unos helados para todos.

Nuestro siguiente destino era la gran Roma. ¡Qué ganas de llegar! Pero aún quedaba encontrar un alojamiento allí sino, sería imposible. Había muchos warmshowers a los que escribir, ya no recuerdo cuántos mensajes envíe. Teníamos que avanzar hasta Civitaveccia. Atravesamos una zona de enormes cultivos. Había de todo tipo de verduras plantadas. A Lucía le interesaba especialmente ver cómo se cultivaba, regaba y recolectaba todo aquello. En un pueblo preguntamos a unos trabajadores si nos podían ayudar a conseguir un lugar para la tienda y nos invitaron a acampar en su granja. Tenía unos galpones enormes llenos de chatarras de tractores y arados, enormes invernaderos y plantaciones de todo tipo. Debajo de un galpón instalamos la tienda, era un lugar extraño pero nos pareció bueno. Nos invitaron a melones y agua fresca. Esa noche usamos el «Método de ducha Supertramp». Consiste en calentar varios litros de agua y llenar hasta la mitad una alforja grande que tenemos. Nos metemos dentro uno por uno y quedamos como nuevos. Os aseguro que después de pedalear durante todo el día, el mayor regalo es una ducha caliente. Esa noche no dormimos nada, no parábamos de escuchar ruiditos de hierros, la arena, cosas que no nos dejaban dormir. Resulta que la granja estaba llena de ratas enormes y otros animalejos que venían cada noche a zampar lo que podían. 

Se avecinaba otro día de fuertes lluvias y tormenta que coincidía con la llegada a Civitaveccia, el puerto de Roma como la conocen. Vi en el mapa que había un camping por lo que decidimos ir para pasar allí las lluvias, pero como todo en Italia en esta época está cerrado a cal y canto teníamos otra vez ese mismo problema. Probé en llamar varias veces al camping pero no tuve éxito. Teníamos que buscar un lugar. Preguntamos a unas cinco o seis casas y nadie nos quería ayudar. Hasta que por fin una amable mujer nos abrió las puertas y nos dejó acampar en su terrero. Era una familia estupenda. Tenían una pareja de gatos que acababan de tener cuatro crías que no pararon de jugar con nuestros hijos todo el día. Además tenían también conejos y codornices y les enseñaron cómo darles de comer. Esa noche apenas llovió pero tuvimos que cubrir el techo de la tienda con los plásticos igualmente. Estaba a la espera de que me contestasen los warmshowers de Roma y con suerte me contestó Valerio, un chico muy aficionado a las bicis y que incluso construía las suyas propias. Nos dijo que ese sábado nos recibía en su casa. Nos quedamos un día más pues la tormenta seguía y además ese sábado cogeríamos un tren para llegar cómodamente a Roma. Esa noche sí que llovió, los plásticos se movieron de noche y nos entró agua dentro igual. Vaya decepción. Teníamos que conseguir una tienda en Roma, así no podíamos continuar.

Qué contentos estaban Lucía y Darío cuando subieron al tren. Para Darío era la primera vez que subía en uno y no cabía en sí de emoción. ¡Vamos dentro del tren! Qué rápido va! Cuando llegamos a la estación de Roma Termini nos dimos cuenta de lo grande que es Roma. Tantísima gente, tantas culturas, tanto tráfico y por fin empezamos a ver los restos del Imperio romano. ¡Pero qué caos de tráfico! Nos era muy complicado avanzar.

La casa de nuestro anfitrión estaba a las afueras de la ciudad. ¡Qué gran corazón tiene Valerio! Desde el primer momento nos ayudó en todo lo que pudo. Nos llevó a conocer su taller de bicis, en un garaje trastero creaba unas tall bikes o bicis gigantes que con su altura corporal le hacía parecer todo un gigante de dos ruedas, eran fantásticas. Con ellas hizo varios viajes por Europa y ya estaba pensando en hacer el siguiente hacia Asia. También construía cargo bikes o bicis de carga como la que le hizo a su amigo Francesco. Ya en su casa hicimos planes: ver la ciudad, conocer a sus amigos y trazar una buena ruta para cruzar Italia hasta el sur. Nos quedamos tres días en casa de Valerio y os podemos asegurar que fueron inolvidables. Francesco, su amigo, tenía una hija de 8 años, Marlene, con la que Lucía pudo jugar cuanto quiso. El primer día fuimos juntos a concer la gran Roma, nos quedamos enamorados de todo aquello, sólo podemos decir que para ver lo realmente especial que es Roma hay que ir a visitarla porque por mucho que veamos en libros o fotos no se le parecerá nada a tener delante el Coliseo o el Panteón.

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Nos hicimos decenas de fotos y vídeos pedaleando por Roma. Parecíamos un circo sobre ruedas: dos trikes y dos tall bikes paseando por el centro de Roma, era genial. Al día siguiente quedamos con Francesco y Marlene para comprar unas pizzas e ir a pasar el día a un parque de la ciudad. Aprendimos globoflexia y a hacer pompas de jabón gigantes. Lo pasamos en grande. Antes de volver a casa cayó una tromba de agua enorme justo cuando salíamos de la heladería, nos empapamos por completo hasta el garaje de Valerio.

Cuando nos tuvimos que ir, nos llevaron a conocer un rinconcito poco conocido de la ciudad, la Vía Apia. Una vía que llegaba hasta Brindisi nuestro próximo destino. Allí había unas ruinas romanas preciosas y comimos en lo alto de una loma unas pizzas riquísimas. Justo al acabar comenzó a llover. Debíamos apurarnos para salir de la ciudad con esa lluvia fuerte. Valerio y Francesco decidieron acompañarnos durante muchos kilómetros igualmente. Cuando llegó el momento de la despedida nos pusimos muy tristes, fueron tres días increíbles gracias a ellos dos y no sabemos cómo agradecérselo. Prometimos volver a vernos. Desde aquí otra vez mil gracias. ¡Os queremos mucho!



Avanzamos mojados por la ruta que nos aconsejó Valerio, él conocía perfectamente la zona y nos recomendó evitar los alrededores de Nápoles por culpa de la todavía presente mafia napolitana. Además decía que esa zona estaba llena de basura por todas partes que quemaban intencionadamente y había mucha prostitución. Avanzamos mojados hasta el siguiente pueblo. Allí decidimos empezar a buscar dónde dormir. Fuimos al supermercado y avanzamos hacia la zona de casas. Preguntamos a todos los que veíamos, además esta vez llevábamos un cartel en italiano sobre nuestro viaje. ¡Sería más fácil! Pero no teníamos suerte. Unos chicos quisieron ayudar pero que ya nos llamarían, una señora nos invitaba a entrar pero a escondidas para que no se enterase su hijo y que finalmente salió el hijo y nos dijo que no, que su madre tenía problemas psicológicos y que no le hiciésemos caso y otro señor nos dijo que él era rumano y no sabía nada…

Otra vez esa sensación, la de que la gente tiene miedo a hablar y escuchar. En Francia muy pocas veces nos decían que no y parecía que Italia era todo lo contrario hasta que cuando ya nos dimos por vencidos e íbamos a acampar en una arboleda, una señora nos invitó a pasar a su casa. Les contamos nuestra aventura y nos invitaron encantados. En el bajo de su casa había un mini apartamento donde pudimos darnos esa ducha después de la mojadura en Roma y poder dormir calentitos. Nos parecía como un milagro lo que nos había pasado y les agradecimos hasta el final la ayuda que nos dieron. Ellos también viajaban, Franca, Dino y sus hijos viajaban por todo el mundo en su autocaravana a competiciones de motos con sidecar. ¡Una familia genial! En Roma no pudimos encontrar ninguna tienda de campaña y nuestro colega Francesco nos regaló la suya para poder continuar hasta que encontrásemos algo mejor. Qué agradecidos estábamos. Nosotros le regalamos la nuestra, eso sí para el verano mejor. Desde que dejamos Roma empezamos a ver esa basura de la que nos hablaba Valerio. No entendimos qué pasaba. Las cunetas, los arcenes de todas las carreteras estaban llenos de basura, de bolsas de basura de los contenedores, de botellas, plásticos, de todo tirado por todos lados. Pero, ¿Porqué? Parece ser que es cosa de las mafias italianas, no lo sabemos. Era muy desagradable ver aquello, además la prostitución se hacía ya muy visible, era como si cambiásemos de país de repente. La gente por las calles era seria y desconfiada, se había vuelto todo bastante desagradable.

Estábamos llegando a Anzio en la costa al sur de Roma. El tráfico era muy peligroso, las carreteras malas y llenas de basura y la gente desconfiada. En un pueblo costero vimos que todo estaba medio abandonado en el invierno, o quizás tubo mejores tiempos. Paramos a merendar y a pensar. Una señora al otro lado de la calle nos miraba sonriendo. Le saludé y se acercó. Nos pregunta si puede sacarnos unas fotos y tras charlar un rato le preguntamos dónde poder dormir con la tienda. Nos recomendó ir a una iglesia del pueblo de al lado y que allí el párroco nos dejará acampar y que nos espera allí. Extrañados aceptamos con precaución pues nunca fuimos a ninguna iglesia de esta manera. Estuvimos esperando por Anna María casi una hora muy nerviosos, la Iglesia tenía una zona arbolada pero era abierta al público y nunca acamparemos en zonas así. Esperamos a que llegase con mejores noticias sino teníamos que irnos a toda prisa a buscar un lugar por nuestra cuenta. Llegó con su hija y el yerno y le explicamos que acampamos sólo de manera segura con los niños. Tras pensarlo un poco se ofrecieron a llevarnos a casa de Cristina, su hija. Vivía en una antigua casa con un jardín pequeño con olivos, perfecto para montar nuestra nueva tienda de campaña que bautizamos como Francesca, en honor a nuestro amigo. Cenamos con Cristina y su pareja que acababa de llegar de Estados Unidos. Por la mañana Anna María nos trajo una bandeja llena de cruasanes rellenos de crema y una bolsa con leche, pan y fruta. Nos dimos un fortísimo abrazo y cambiamos nuestros números de teléfono para seguir en contacto. 

Ese día resultó ser muy difícil. Los coches me ponían muy nerviosa, era peligroso pedalear así. Llevábamos las banderas bien salidas hacia fuera para evitar que se acercasen. Pero sí se acercaban. La zona era mala, la gente estaba tras sus muros y ni siquiera querían oirnos. No teníamos dónde parar. En el mapa salía un camping cerca así que fuimos. En ese trayecto casi nos atropellan dos veces. Me desesperaba. El camping estaba cerrado y vi que había otro a casi 7km. Llamé por teléfono para asegurarme y una señora me dijo que sí que estaba abierto. Fuimos sin pensarlo. Pero el entorno cada vez era peor. El camino del camping fue un auténtico vertedero de basura. Nos parecía increíble que al final hubiese ese camping. Al llegar vemos que está todo cerrado. Una señora de casi cien años nos dice que llamemos a su hijo. Y ahí viene él disculpándose por el terrible error. El camping está cerrado y su madre de 90 años respondió sin saber que no se podía. Que lo sentía mucho pero no podíamos quedarnos. En ese momento no sabía si llorar o reír viendo el panorama. Le insitimos que nos dejase pues no teníamos otra opción y finalmente aceptó aunque nos cobró igual 10€ sin duchas ni nada. 

Esos días fueron terribles para mí, me costaba hacerme fuerte. Vimos al día siguiente que todo seguía así, señores que a plena luz del día, a primera hora de la mañana y delante nuestra paraban con su coche a dejar a su «acompañante» con total descaro. Al llegar a Anzio nos vimos obligados a coger un hotel y pensar. Tenía razón lo que nos contaba Valerio, pero lo estábamos viendo antes de donde nos avisó. Continuamos pegados a la costa y al haber mayor afluencia turística no se percibía esta lacra. La zona era realmente bonita, pedaleamos pegados a la playa todo el tiempo. Todo estaba cerrado, bares, hoteles, campings, supermercados, era desolador. En Terracina fue así todo el tiempo. Preguntamos a una chica qué podíamos hacer y otra vez nos mandaba a la Iglesia para que nos ayudase el párroco. Nos miramos y dijimos que porqué no. Allí otra mujer nos quiso ayudar también y entre todos consguieron que nos dejasen un salón del edificio contiguo a esta Iglesia. Por la mañana, nos regalaron una ducha y una bolsa de comida además de unas libretas y lápices para los niños. ¡Qué buena gente! 

Avanzamos y el día se ponía feo. Nubes demasiado oscuras que de vez en cuando dejaban caer algunas gotas.

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Ese día fue realmente peligroso por la carretera en la que teníamos que ir. Sólo había esa bordeando los acantilados y subiendo con coches a gran velocidad. Tuvimos que atravesar cuatro túneles casi a ciegas en medio de camiones y coches. Cuando por fin superamos eso, llegamos a Gaeta, una preciosa villa costera y empezó a llover con todas sus fuerzas. Todo estaba cerrado, casi no había gente en la calle y tuvimos que ir a un Bed & Breakfast. Pedían demasiado para estar en octubre y el pueblo vacío. Aceptamos uno pero como todo siempre hay un «pero». En el mapa nos situaba a pocos metros de él y resultaba que estaba en el otro extremo de la villa. Los dueños del hostal nos acompañaron para no perdernos pero, ¿cuál era ese nuevo «pero»? El hostal estaba en lo alto de una montañita al que sólo se podía acceder subiendo unas empinadísimas escaleras. No teníamos dónde dejar las bicis a salvo y habría que subir todas las alforjas doscientos peldaños hacia arriba. Seguía lloviendo sin parar y teníamos que decidir. El dueño del bar de al lado se ofreció a que guardásemos las bicis en su terraza y entre todos nos ayudaron a subir todo hacia arriba (niños incluidos).

Estábamos empapados pero nos metimos de cabeza en la ducha. Los niños disfrutaron de lo lindo todo el día con los dibujos animados italianos mientras que nosotros dos seguíamos dándole vueltas a todo esto. Estábamos gastando demasiado dinero. Tomamos una decisión: coger un tren hasta el centro de Italia. Y allá nos fuimos una vez más en tren. Esta vez fue más estresante meter todo dentro en cuestión de segundos pero en un par de horas llegamos a Benevento. Desde el tren pudimos ver Nápoles y el Vesubio a lo lejos, Lucía estaba muy sorprendida de ver un volcán por primera vez, le parecía algo fascinante. Entrábamos en las montañas con las ganas de saber si las gentes serían más amables y hospitalarias. Nos tuvimos que hospedar en otro Bed & Breakfast. El alojamiento en Italia se estaba llevando buena parte del presupuesto. Llegamos de noche y con una buena ducha caliente nos fuimos a dormir pensando qué nos espera en esta zona del país. Habíamos contactado por fin con una asociación social en Brindisi a través de la web Workaway que acoge a viajeros de todo el mundo a cambio de colaborar trabajando en lo que necesiten. Teníamos que parar a descansar y esperar a que pasase buena parte del invierno en el norte de Europa.

Llevábamos cuatro meses pedaleando sin descanso y teníamos ganas de parar y hacer algo diferente. En Benevento miramos hacia dónde ir con destino la costa Adriática. Nuestro amigo Valerio nos recomendara subir unas cuantas montañas para luego descender hacia la llanura del sureste de Italia. Y así fue, empezamos a subir y a subir. El paisaje era precioso, unas montañas enormes y el cielo de un azul especial. Las subidas eran cada vez más duras que con nuestro peso y la posición corporal con las trikes se hacían interminables. Había pueblos pequeños y la gente nos miraba muy extrañados como si viesen pasar una nave espacial. Todos se avisaban entre ellos cuando pasábamos por su lado. Era una sensación extraña, sólo si saludábamos entonces nos devolvían una sonrisa y un tímido saludo. Se nos hacía tarde después de comer y aún no teníamos claro dónde podríamos pasar la noche. Dejamos atrás las casas y se hicera la nada, montañas y cuestas arriba y abajo. De repente aparecimos en un pueblo que parecía desierto. En una plaza vimos a un señor mayor en bicicleta y decidimos preguntarle dónde podríamos pasar la noche con la tienda. Y sin darnos casi ni cuenta, apareció un montón de gente queriéndonos ayudar. El señor avisó a un amigo para que nos dejase ir al campo de fútbol y mientras se llamaban por teléfono una chica vino a hacernos una entrevista para el periódico local. Otra señora nos trajo una bolsa con comida y chuches para los niños y el resto no paraban de hacernos preguntas y sacarnos fotos. ¡Era increíble! En unos minutos teníamos a medio pueblo ayudando y todos con una enorme sonrisa. Nos instalamos dentro de la oficina del campo de fútbol, un habitáculo cerrado con baño y luz para montar la tienda. Nos esperaban de nuevo en aquella plaza así que dejamos las cosas y volvimos. Allí al lado estaba en bar y el supermercado del pueblo. Nos invitaron a cenar y a unas cervezas. Estábamos sin palabras. Hablamos con todos, les contamos nuestro viaje e hicimos muy buenos amigos. Nos quedamos dos días debido a las fuertes lluvias. Bárbara, la periodista, nos dio el contacto de un amigo suyo que vivía en Ariano Irpino, el siguiente pueblo grande y que él nos podría ayudar también. Nos despedimos con muchos abrazos, muchas fotos y un precioso recuerdo de aquella gente con enormes corazones. S

Seguimos entonces pedaleando por aquellas montañas. La carretera era bastante buena a pesar de las fuertes subidas. Ariano Irpino era un precioso pueblo en lo más alto de todas aquellas montañas, pendientes del 12% de subida por las que pedaleamos con todas nuestras fuerzas. Aquel día estaba agotada. Era ya por la tarde y otra vez la gente nos miraba raro y nos ignoraba. Cuando preguntábamos no sabíamos si nos querían ayudar o no. Algunos decían que siguiésemos que encontraríamos algo más adelante, otros sólo negaban con la cabeza y mis fuerzas y paciencia se agotaban. No había ningún lugar bueno para acampar libre así que seguimos avanzando. Cuando llegamos a Ariano Irpino nos sorprendió una entrevista improvisada en medio de la calle. Yo me sentía desplazada, he de decir que predomina la cultura machista, el héroe para casi todos era Óscar dejándome a mi en un segundo plano. Esta sensación la sentí desde el primer día en Italia. Los que hablaban con nosotros sólo se dirigían a Óscar y no a mi, como si yo solamente siguiese sus pasos porque sí. Esto me cabreaba y frustraba pero bajo ningún concepto desistía. Esa entrevista fue todo un éxito en Facebook, más de quince mil reproducciones. 

Teníamos pensado estar sólo de pasada por el bello Ariano pero una tromba de agua nos volvió a sorprender. Cuando estábamos refugiados de la lluvia haciendo la comida vimos que volvió el periodista de la entrevista anterior y le pedimos si nos podía dar cobijo para ese día. Enseguida aceptó y tras varias llamadas nos llevaron a un centro social donde nos dejaron un salón muy cómodo para dormir. Esa tarde escampó y Antonio, o también conocido como Big Wave, nos llevó de paseo por el precioso pueblo y a la noche nos comimos entre todos una enorme pizza. A partir de ahí sólo teníamos que bajar las montañas hasta llegar a la llanura de la costa Adriática. Esa bajada la disfrutamos como enanos, el pasisaje era precioso, el clima estupendo y los niños iban riendo sin parar. Y por fin llegamos al otro lado de las montañas. ¿Cómo sería el mar Adriático? Nunca lo habíamos visto. Pero antes teníamos que encontrar dónde comprar comida para luego buscar dónde dormir. Sólo había un pueblo en medio de aquella llanura de campos inmensos así que allá fuimos. Bienvenidos a Castelluccio dei Sauri decía un cartel al entrar. ¡Qué montañas tan hermosas tenían detrás! La gente nos miraba raro, seguramente pensando porqué esa familia con esas extrañas bicicletas han llegado a este minúsculo pueblo. Bucamos dónde dormir preguntando a unos chicos, nos dijeron que fuesemos a hablar con el policía que trabajaba allí.

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Extrañados fuimos acompañados de unos niños que no paraban de hacernos preguntas de cómo habíamos llegado allí. El policía efectivamente nos ayudó. Fue a hablar con el alcalde y entre los dos nos dejaron un local para poder montar la tienda y además el propio alcalde nos invitó a cenar en el restaurxante del pueblo. Sólo sabíamos decir gracias y mil gracias. A la mañana siguiente partimos hacia la costa para llegar en una semana más o menos a Brindisi. El paisaje cambió por completo, parecía que se había parado el tiempo hacía treinta años. Los pueblos estaban prácticamente vacíos mostrando que, quizás en verano hubiese más vida en ellos. Pero la gente seguía con desconfianza. Se acercaba tormenta de nuevo y necesitábamos refugiarnos. Viajar con niños es más complicado lloviendo que si fuésemos solos. Ellos si se mojan les puede coger el frío rápidamente y no debemos arriesgar. Estábamos en Zapponeta, un pequeño pueblo costero y decidimos llamar a un camping para poder darnos una ducha, la necesitábamos además de refugiarnos de la tormenta. Por teléfono nos dicen que sí está abierto y que vayamos sin problemas. ¡Vaya alivio! Aún así íbamos con la mosca detrás de la oreja. Llegamos justo después de comer, había empezado a llover ya. El camping no parecía que estuviese abierto, el señor que nos recibió no parecía querer explcarnos dónde poder acampar. Le pregunté por las duchas y me dice que a las 5 llegaban los dueños y que le preguntase a ellos. El camping estaba a pie de playa y pudimos por fin ver el mar Adriático. Montamos la tienda y, para hacer tiempo antes de darnos esa duchaducha, estuvimos estudiando un poco con Lucía y dibujando con Darío. Cuando por fin llegó la hora fui a preguntar. En el medio del camping vivían en una casita de madera llena de trastos los dueños. Les preguntamos cómo funcionaban las duchas y de manera increíble nos dice que sólo hay agua fría y que lo siente mucho. Alucianda le explico que no fue lo que hablábamos por teléfono, que queríamos la ducha caliente que era muy importante y además nos decía que el camping estaba abierto y vimos que llevaba meses cerrado. De dentro de la caseta salió el marido de esta mujer gritando que si no quiero esto que me vaya. Le pido que me hable con educación y deje de gritar pues nos habían engañado y queríamos una solución. El hombre no desiste y nos quiere cobrar por dormir allí sin luz ni ducha ni nada, sólo por dormir y que sino nos fuésemos al hotel de al lado. Eataba anocheciendo y volvía a llover. No quisimos darle un duro a ese par de maleducados y decidimos marchar de allí. Recogimos y nos fuimos a toda prisa de noche. Preguntamos por el hotel, nadie sabía de él hasta que un hombre se interesa en ayudarnos. No había ningún hotel sino una especie de camping de bungalows que estaba cerrado durante el invierno. Empecé a llorar, era la primera vez que me vi así y estaba desesperada. Empezó a venir gente y entre ellos empezaron a ver cómo ayudarnos hasta que un señor mayor nos ofreció acampar en la terraza de su pizzería. Le di mil veces las gracias pero seguía enfadada, el hombre del camping mintió a sabiendas dándole igual que tuviésemos dos niños. Esa noche hubo una gran tormenta y llovió muchísimo. Al tener la tienda sobre baldosas el agua se estaba encharcando y se nos mojó la cama. Hasta el mediodía no paró de llover y allí no queríamos seguir así que avanzamos. Cinco días sin ducha y buscamos nuevamente un Bed & Breakfast. Llamé por teléfono, era muy importante asegurarse de todo. Estábamos cansados de que nos mintiesen. Cuando llegamos nos explican que las bicis las podíamos guardar en la plaza de garaje de su coche y allá fuimos. Era un parking vigilado día y noche y estaba a las afueras de la ciudad de Margherita di Savoia. Guardamos las bicis y cuando nos íbamos a ir, la dueña del hostal nos dice que le paguemos 10€ por guardar las trikes allí toda la noche. Nos miramos atónitos. Por supuesto que no los vamos a pagar, era algo que tenía que habernos dicho previamente para así poder decidir. Le exigimos que nos devolviera el dinero del hostal que, de forma extraña, nos hizo pagar al llegar.

Afortunadamente conseguimos otro hostal en seguida. No nos lo podíamos creer, en dos días nos habían intentado engañar con todo el descaro pero por supuesto que no nos dejamos.

La costa Adriático es muy bonita, las casas blancas hacen ver que Grecia está cerca. En una plaza de un pueblo nos recomiendan ir a una iglesia en Bari que allí nos darán un lugar seguro donde dormir. Tuvimos que bordear toda la ciudad hasta llegar. Era una discreta iglesia que tenía un edificio de tres pisos al lado. Allí tenían habitaciones privadas con baño para acoger a gente sin recursos. Nos invitaron a quedarnos a cenar y a dormir.

 


Les contamos que en pocos días llegaríamos a Brindisi y nos invitaron a quedarnos con ellos el tiempo que quisiéramos. En pocos días llegamos a Brindisi por fin. Pronto os contaremos nuestra primera experiencia como voluntarios de Workaway.

 


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 Escrito por Susana Míguez.
 

3 comentarios en “VIAJAR POR ITALIA”

  1. Me ha encantado todo su relato. Me parece una historia muy real, pero lo cierto es que me identifico con su historia debido a que recientemente le sucedió algo parecido a un amigo mío, días después de por fin recibir su cuidadania a través de un gestor conocido como http://www.gestionistaitalia.com/ pudo emprender su viaje hasta aquí, no fue sino hasta estar ya en tierra que se dio cuenta que le habían robado, dinero, teléfono entre otras cosas. Y vivió una historia parecida a su relato, hasta que por fin pudo llegar a su destino

  2. Hace 3 meses que quiero viajar a Italia pero no hay vuelos. Tramite mi ciudadanía italiana el año pasado, renuncié al trabajo para viajar por Italia y aún no puedo hacerlo.

    Tu historia me pareció Increíble, los detalles de tu relato de viaje me dan valor para no desanimarme ante los contratiempos, cuantas anécdotas y cuantas historias, el final feliz es lo mejor. Sin dudas estoy ansioso por seguir tu ejemplo.

    1. Adelante con la aventura. En cuanto puedas hacerlo te resultará gratificante. Seguramente no será fácil, pero ahí está el crecimiento. Nos enorgullece que te haya gustado la historia. Lo más bonito es quizás que hay mucho más detrás de todo relato y son las emociones vividas… Deseamos que lo disfrutes también.
      Un abrazo…

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